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Reportajes de Salud

La piel del mayor. Claves para cuidarla

La piel del mayor. Claves para cuidarla

Con el paso de los años la piel empieza a sufrir modificaciones. Es fundamental cuidarla y vigilarla, ya que es un órgano que puede considerarse “el espejo del cuerpo”: en la piel se refleja el estado de salud de nuestro organismo, tanto para lo bueno como para lo malo.

La piel es el órgano de mayor tamaño del cuerpo humano. Podemos definirla como un tejido elástico y resistente que nos protege de agresiones externas y además nos permite establecer relación con el mundo que nos rodea. La piel del cuerpo humano pesa alrededor de cinco kilos y ocupa una extensión de dos metros cuadrados. Su espesor es de 0,5 mm en los párpados y alcanza los 4 mm en la zona del talón. Está constituida por dos capas, la externa o epidermis, formada por componentes como la queratina o la melanina, que es el pigmento que nos da color, y la interna o dermis.

Peculiaridades de la piel del mayor

El envejecimiento determina cambios muy concretos en la piel, que tienen repercusión estética y funcional. Estos son:

  • Alteración de las fibras elásticas, lo que aumenta la laxitud de la dermis y es el origen de las arrugas.
  • Disminución del recambio de las células superficiales o epidérmicas, que tiene como consecuencia un retraso en la cicatrización de las heridas.
  • Atrofia o adelgazamiento de las capas de la piel, que disminuye su efectividad como barrera y facilita la aparición de eczemas, que son alteraciones de la piel de tipo inflamatorio.
  • Menor funcionamiento de las glándulas sudoríparas, origen de la sequedad de la piel del mayor, también llamada xerosis cutánea.
  • Disminución de la vascularización, con aparición de palidez y frialdad de la piel.
  • Alteración en la arquitectura de la epidermis que favorece la formación de tumores.
  • Reducción del número de melanocitos, que son las células que producen el pigmento llamado melanina, que determina nuestro color de piel y cuya función es protegernos de la radiación solar, lo que aumenta el riesgo de tumores inducidos por la radiación ultravioleta.
  • Disminución del número de células de Langerhans, que son las células encargadas de poner en contacto a nuestro sistema defensivo con los agentes externos perjudiciales, de modo que estamos más expuestos a la aparición de eczemas de contacto y tumores.
  • Menor funcionamiento de los linfocitos T, que son células defensivas, con aumento de las infecciones cutáneas.

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Principales problemas que pueden surgir

  • Fotoenvejecimiento: la exposición crónica y repetida a la luz solar u otras fuentes de radiación ultravioleta altera la estructura y la función de la piel, facilitando la aparición de arrugas profundas, aspecto áspero y seco, flaccidez y manchas. La exposición indiscriminada a la luz solar también facilita la aparición de tumores, que pueden ser: benignos, premalignos o malignos.
  • Dermatosis infecciosas: están producidas por bacterias, hongos o virus. Pertenecen al grupo de dermatosis bacterianas la erisipela, celulitis, foliculitis, forúnculo y ántrax. La erisipela aparece como una placa enrojecida y caliente, dura y dolorosa al tacto, localizada en cara o extremidades; cuando la afectación es más profunda se convierte en celulitis. Erisipela y celulitis responden a tratamiento antibiótico administrado por vía oral, aunque pueden requerir ingreso hospitalario y tratamiento intravenoso. La foliculitis es la infección superficial del folículo piloso, que se cura con antibiótico tópico. Cuando la infección del folículo piloso es profunda recibe el nombre de forúnculo o ántrax, requiriendo en este caso tratamiento antibiótico sistémico y, en ocasiones, drenaje quirúrgico de la lesión. En casos de fragilidad del paciente o de etiología bacteriana más agresiva las infecciones de piel pueden extenderse a tejidos blandos y afectar el estado general, con riesgo para la vida del paciente a pesar del tratamiento quirúrgico y antibiótico intensivo.
  • Candidiasis y tiña: dentro de las dermatosis fúngicas encontraríamos la candidiasis y la tiña. En líneas generales las dermatosis fúngicas requieren tratamiento tópico con imidazólicos, aunque puede estar indicado el tratamiento sistémico, en caso de infecciones extendidas o graves.
  • Herpes: las dermatosis virales incluyen el herpes simple labial y el herpes zoster o “culebrilla”, producido éste último por el virus de la varicela, que queda acantonado en los ganglios y se reactiva posteriormente en situaciones de inmunodepresión. Suele afectar un lado del tórax, aunque también es frecuente en la cara, y en la mitad de los casos deja como secuela un síndrome doloroso conocido como neuralgia postherpética, que puede requerir tratamiento analgésico específico durante períodos prolongados.
  • Psoriasis, penfigoide y prurito: la psoriasis es una enfermedad crónica inflamatoria que cursa con placas descamativas y para la que no se conoce tratamiento definitivo. Las lesiones mejoran con la exposición al sol, y el tratamiento tópico más utilizado son las cremas de corticoides.
    El penfigoide ampolloso es una enfermedad autoinmune que cursa con aparición de vesículas tensas pruriginosas que se tratan con corticoides sistémicos.
    El prurito es bastante frecuente en las personas de más de 75 años, relacionado con la sequedad cutánea. Por este motivo, es tan importante la hidratación adecuada de la piel.
  • Eczema: son lesiones en las que el síntoma predominante es el picor. Los más frecuentes en las personas mayores son los xeróticos, facilitados por la sequedad de piel, y suelen afectar a las piernas. Los de contacto pueden ser de tipo irritativo o alérgico. El eczema de estasis es secundario a insuficiencia venosa crónica, y también afecta preferentemente a las piernas. Los eczemas se tratan con pomadas de corticoides o con inhibidores de la calmodulina, más costosos, pero con menos efectos secundarios.
  • Toxicodermias medicamentosas: son reacciones cutáneas a la toma de fármacos, especialmente frecuentes en las personas mayores. Los medicamentos que más se asocian a este tipo de respuesta cutánea son los diuréticos, aunque también aparecen con antibióticos, antiepilépticos y con medicamentos contra el ácido úrico, entre otros de uso frecuente. La forma más habitual de toxicodermia es el exantema morbiliforme, con aparición de puntos enrojecidos en el tronco, pero puede cursar como erupción fotosensible, urticaria, vasculitis e incluso con reacciones sistémicas graves como la eritrodermia o el síndrome de Stevens-Johnson, en el que la afectación va más allá de la piel.
  • Enfermedades sistémicas: casi una tercera parte de los diabéticos tienen manifestaciones cutáneas de su enfermedad, como la dermopatía diabética, que consiste en la aparición de placas marronáceas en la cara anterior de las piernas, o la acantosis nigricans, que cursa con hiperpigmentación y aparición de fibromas en zonas de flexión, como las axilas. El tratamiento consiste en el control de los niveles de glucosa y del peso corporal. Los pacientes con enfermedades del hígado que cursan con aumento de los niveles de bilirrubina presentan coloración amarillenta de la piel e intenso prurito generalizado, además de enrojecimiento de las palpas de las manos y arañas vasculares en los pómulos. Los pacientes con insuficiencia renal crónica también sufren prurito generalizado, que en este caso es especialmente intenso.

Bases del cuidado de la piel de la persona mayor

  • HIDRATACIÓN: el principal problema de la piel del mayor es la sequedad cutánea o xerosis, que afecta al 80 por ciento de las personas de más de 75 años, y que se combate con una ingesta adecuada de líquidos y la aplicación de cremas hidratantes por toda la superficie corporal diariamente.
  • ALIMENTACIÓN: la alimentación equilibrada, con especial atención a la ingesta de líquidos, frutas y verduras, se refleja en la piel, que es “espejo” del estado de salud del cuerpo.
  • HIGIENE: aseo frecuente de la piel, cuidando especialmente los pliegues cutáneos, que se han de secar con toques suaves de toalla, evitando aplicar lociones alcohólicas como colonias, o sustancias secantes como los polvos de talco.
  • EVITAR LA EXPOSICIÓN AL SOL: de esta manera disminuirá la xerosis cutánea, y minimizaremos el riesgo de tumores provocados por el daño que la radiación ultravioleta ejerce sobre el ADN de nuestras células cutáneas. Si nos hemos de exponer al Sol, hagámoslo habiendo aplicado previamente cremas con factor de protección solar elevado.
  • MIRARSE AL ESPEJO: no es cuestión sólo de coquetería (que tampoco está de más): vigilar la aparición de manchas o de cambios en las que ya conocemos es fundamental para la detección precoz de lesiones que, en general, tienen tratamiento exitoso. Para vigilar aquellos sitios a los que no llegamos, como la espalda, no está de más pedir ayuda a nuestros familiares e incluso al médico.
  • Dra. Paloma González - Jefe de la Unidad de Geriatría del Hospital San José de Teruel.
    Dra. Paloma González
    Jefe de la Unidad de Geriatría del Hospital San José de Teruel.
     
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