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Reportajes de Salud

Piel bajo el sol

Piel bajo el sol

La piel constituye el mayor órgano del cuerpo humano. Actúa como una barrera protectora, ya que nos aísla del medio que nos rodea, protegiéndonos y manteniendo íntegras las estructuras internas, a la vez que actúa como sistema de comunicación con el entorno.

La piel tiene una serie de mecanismos naturales de adaptación y de defensa para protegerse de las agresiones de las radiaciones solares. Es capaz de aumentar la producción de la capa córnea (capa más externa de la piel), segregar melanina (responsable del bronceado), activar los sistemas de reparación del ácido desoxirribonucléico (el cerebro celular), segregar citoquinas (proteínas que regulan las funciones de las células que las producen) y producir moléculas antioxidantes.

El sol es bienestar

Con prudencia y moderación, la exposición a la radiación solar es altamente beneficiosa. Se liberan sustancias como las endorfinas y las melanocortinas, que influyen en el ritmo bioenergético del organismo, aumentando nuestro estado de ánimo, disminuyendo el estrés, equilibrando así el sistema nervioso y produciendo una sensación de bienestar que contribuye a evitar las depresiones.
Además, la exposición moderada al sol favorece la síntesis de vitamina D en nuestra piel, que es fundamental para tener unos huesos sanos. Facilita la absorción intestinal del calcio de la dieta, mejorando la densidad ósea y previniendo la pérdida de ésta. Parece cumplir, además, una papel adicional como mecanismo de antienvejecimiento.
El sol también tiene un efecto beneficioso en varias enfermedades de la piel, como la dermatitis atópica, la psoriasis, la dermatitis seborreica, casi todos los acnés y el liquen. Sabemos que todo en exceso es malo. Si en lugar de realizar una exposición moderada, lo hacemos durante periodos prolongados y durante las horas de mayor riesgo, la piel comienza a sufrir daños, muchos de ellos irreparables.

Ante todo, precaución

Aunque son las quemaduras las lesiones solares más conocidas, existen otras muchas afecciones inducidas por la radiación ultravioleta.

  • Alergia al sol: pese a que no haya ocurrido en ocasiones anteriores, la exposición al sol puede provocar la aparición de manchas rojas, picores y erupciones en la piel. Se trata de una reacción mediada por diferentes agentes (alimentos, colonias, determinados tejidos, cremas fotoprotectoras, medicinas) que están en contacto con nuestra piel de forma habitual y sólo provocan una reacción alérgica cuando nos exponemos al sol.
  • Cáncer de piel: los rayos UV tienen una gran capacidad para penetrar en los tejidos. Llegan hasta el ADN del núcleo celular provocando cambios que conocemos como mutaciones. La mayoría de las células dañadas por el sol son reparadas o mueren si el daño es irreparable, pero algunas de estas células dañadas permanecen en la piel y la mutación puede hacer que se produzcan factores de crecimiento en exceso y sin control. El melanoma es el tumor más agresivo, por su enorme capacidad de metastatizar. Representa el cinco por ciento de todos los cánceres de piel, y su incidencia está aumentando de forma alarmante. Como en otros tumores cutáneos, la exposición solar constituye un factor de riesgo de primer orden y aumenta en personas de piel ojos y pelo claros.
  • Envejecimiento de la piel: más del 70 por ciento de los signos de envejecimiento están causados por la exposición al sol. Los rayos UVA penetran hasta la dermis y son los responsables de la pigmentación de la piel. El problema es que sus efectos son acumulativos. Esto significa que ese daño se queda en la memoria de las células, las cuales no se regeneran, almacenando radicales libres, principales responsables del envejecimiento prematuro, ya que destruyen el colágeno y la elastina naturales de éste órgano. Todo esto provoca la aparición de manchas arrugas y flacidez en la piel.
  • Inmunosupresión: una exposición excesiva a la radiación solar provoca alteraciones en el sistema inmunitario, lo que hace que nuestras defensas disminuyan, aumentando el riesgo de infecciones y enfermedades autoinmunes, muchas de ellas, potencialmente mortales.
  • Cataratas: la exposición prolongada al sol provoca daño ocular y aumenta de forma exponencial la probabilidad de desarrollar diferentes enfermedades, como cataratas, degeneración macular y pterigión. El cristalino es una lente transparente, encargada de adaptar el ojo a diferentes distancias. Cuando la luz solar puede dañar la retina, esta lente se vuelve opaca como mecanismo de defensa, protegiendo la retina, pero provocando lo que conocemos como cataratas.
  • Deshidratación: en condiciones normales, todos perdemos a diario agua de nuestro cuerpo a través del sudor, las lágrimas, la orina y las heces. El riesgo de deshidratación aumenta con las exposiciones prolongadas a la luz solar, y se potencia en ancianos, en los que el mecanismo de la sed se encuentra disminuido. Esto puede hacer que no nos percatemos del riesgo que corre la persona, por lo que hay que estar atentos a otros síntomas como aturdimiento, mareo, confusión y aumento en el ritmo cardiaco y de la respiración.
  • Golpe de calor: constituye un trastorno grave y potencialmente mortal que se presenta cuando un organismo no es capaz de disipar más calor del que genera o absorbe. El cuerpo alcanza temperaturas superiores a 40 °C, afectando a todos los órganos y tejidos, especialmente al sistema nervioso central, provocando delirio, convulsiones, alteraciones del comportamiento, cefalea y coma. Provoca la muerte en hasta el 70 por ciento de las personas, aumentando de forma exponencial durante las horas de calor.

Precauciones necesarias

Un uso responsable del sol nos va a permitir aprovechar todas sus ventajas y protegernos frente a los riesgos que su abuso conlleva. Son sencillos pasos que contribuyen a mantener nuestra salud y a evitar complicaciones; en muchos casos irreparables y que ponen en riesgo nuestra vida.

Para ello debemos:

  • Evitar la exposición directa a la luz solar dos horas antes y dos horas después del mediodía. No exponerse al sol si nuestra sombra mide menos que nuestra altura. Significa que tenemos el sol encima.
  • Utilizar protección solar con un FPS 15 como mínimo. Este número indica el número de horas que estamos protegidos frente a la exposición solar.
  • Repetir la dosis de protección de forma periódica. Cada vez que nos damos un baño, parte de la crema se va con el agua.
  • Asegurar la ingesta diaria de dos litros de agua. Durante las horas de máxima exposición, es conveniente complementar la hidratación con bebidas isotónicas, puesto que con el sudor, también perdemos una cantidad importante de sales minerales.
  • Utilizar estructuras protectoras del sol (por ejemplo sombrillas, gorros y gafas de sol con pantalla solar).
  • Aumentar las precauciones en niños y ancianos. Las defensas de su piel son menores.
  • Desaconsejar el uso de sustancias que potencien el bronceado. Los riesgos se potencian de forma proporcional.
  • Vigilar manchas y lunares de nueva aparición, así como cambios en el color, forma o tamaño de los ya existentes. Ante cualquier síntoma, acudir al médico para que realice una evaluación completa.

Dra. Marta Vigara García - Servicio de Geriatría. Hospital Clínico San Carlos.
Dra. Marta Vigara García
Servicio de Geriatría. Hospital Clínico San Carlos.
 
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