Envejecimiento y Discapacidad
Eduardo Seyller García. Miembro del grupo Senior
Es innegable que la preocupación por el envejecimiento de las personas con discapacidad es algo relativamente reciente y secundario al incremento de su esperanza de vida. Su origen es el mismo que el de la población general, pero sin duda obedece, de manera particular, a los cuidados recibidos en los últimos tiempos, algo que explica que asistamos a un incremento de personas con distintos tipos de discapacidad que alcanzan etapas avanzadas de la vida.
Por otro lado, no hay que olvidar que el envejecimiento de la población, hoy por hoy, contribuye a su vez a la discapacidad y la dependencia adquirida por enfermedad o accidente, incrementando la necesidad de cuidados. Personas sin dificultades previas para el desempeño de las actividades de la vida diaria, que posiblemente temen la aparición de la discapacidad.
En el caso del primer grupo, se trata de persona portadoras de alguna discapacidad desde años atrás, que pueden afrontar el envejecimiento con temor a una mayor discapacidad, una discapacidad sobrevenida, añadida a la previa.
En ambos casos, el temor puede estar presente y por eso, en ambos grupos, son importantes los aspectos preventivos, los hábitos correctos, las revisiones periódicas, todo lo que puede hacer que nuestro envejecimiento sea lo más exitoso posible, incluso si portamos alguna discapacidad. La detección temprana de los problemas de visión o audición, la prevención de caídas o el control de enfermedades son básicos en “todas” las personas. Y en ambos, tambien, los cuidados cobran enorme importancia en la vejez, precisando que los servicios se adapten a las nuevas necesidades, algunas de ellas no planificadas en escenarios anteriores.
El envejecimiento, en nuestro imaginario, puede verse como una etapa de madurez y aprendizaje, mientras que la discapacidad se puede entender como una limitación que abre nuevos universos de posibilidades, pero en la que el miedo constituye la mayor discapacidad.
¿Miedo? Si, miedo a que pueda volver a generarse, en el seno de una medicina de catástrofe, una deuda social con las personas mayores con discapacidad, deuda por obviar los derechos humanos, la importancia de no discriminar, de no tratar desigualmente, y actuar sin prejuicios y sesgos que castigan a quien se considera diferente y por tanto de menor valor.
Como vemos, discapacidad y vejez convergen en muchos aspectos, aunque, posiblemente el afrontamiento de los problemas adquiridos no sea idéntico y su mención nos da la oportunidad de finalizar estar reflexiones en un tono positivo.
Una de las fortalezas de personas mayores con discapacidad reside en que, a lo largo del tiempo han debido encontrar y dar una respuesta vital al hecho de convivir con la discapacidad lo cual, llegada a una provecta edad, por cierto bastante antes de lo estimado para la población general, constituye una experiencia de enorme valor tanto personal como de sus entornos cercanos, algo de que no disponen quienes la adquieren en la vejez, provocando un enorme tensionamiento de su red social, familiar y personal.
Llegado este punto, podríamos preguntarnos si las herramientas de las personas que viven con discapacidad y alcanzan edades elevadas no deberían ser dadas a conocer a la sociedad, en lugar de negarles su capacidad generativa, si no deberíamos propiciar que enseñaran a vivirla a otros.
Esta es la visión que, como Enfermero Especialista en Enfermería Geriátrica y trabajador tanto en el campo de mayores como de la discapacidad, percibo y comparto con motivo del Día Internacional de las Personas con Discapacidad (3 de diciembre). Sin olvidar aquello que puedo experimentar, como persona mayor, posiblemente con algún hándicap.














