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DIVERSIDAD, EDADISMO, COLABORACIÓN INTERGENERACIONAL Y SOLEDAD NO DESEADA, RETOS PARA LA GERONTOLOGÍA 2020

DIVERSIDAD, EDADISMO, COLABORACIÓN INTERGENERACIONAL Y SOLEDAD NO DESEADA, RETOS PARA LA G

Realmente estamos en un momento apasionante para la gerontología. Hemos sido capaces, a lo largo de varias décadas, de aumentar considerablemente nuestra longevidad y calidad de vida; hemos construido un estado de bienestar que, sin ser perfecto, nos permite vivir con una relativa tranquilidad y confort en relación a otras sociedades. No obstante, desde la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología identificamos una serie de aspectos que, a nuestro juicio, deberían marcar los debates y desarrollos científico-técnicos del sector a partir de ahora.

Es necesario, como gerontólogos y con una mirada interdisciplinar capaz, analizar la complejidad de las situaciones y condiciones de las personas y grupos, las cuales dificultan o impiden el desarrollo de una vida buena en la vejez. Se trata de dar respuestas profesionales y éticas que palien situaciones indeseadas. Situaciones como la falta de recursos de apoyo o cuidado, redes sociales y familiares frágiles, situaciones de pobreza o exclusión social, fragilización y procesos de enfermedad y dependencia, situaciones de soledad no deseada, etc.

Como profesionales dedicados al estudio, intervención y evaluación del proceso de envejecimiento y de las necesidades de las personas según envejecen, tenemos la responsabilidad de encontrar soluciones que satisfagan sus necesidades diferenciales, en el momento que aparezcan y en sus diferentes niveles de intensidad; respetando siempre sus valores, preferencias y deseos. Y ello siempre haciendo participe a la propia persona, contando siempre con su criterio, dándole la voz y visión de la propia persona y de respetando escrupulosamente su autonomía decisoria y su dignidad.

Todo lo anterior nos lleva a resaltar que el contexto actual es tan diverso, rico en matices, complejo en contenido, en ramificaciones y posibles contingencias que nos obliga, como profesionales, a responsabilizarnos de nuestra formación continua y de optimizar nuestras competencias profesionales y relacionales. Además, será necesario desarrollar, desde la humildad y el compromiso con las personas, nuestra creatividad para encontrar dinámicas y estrategias organizativas flexibles y cooperativas que aborden el envejecimiento, individual y social, de la mejor forma posible. De esa forma podremos obtener los inmensos beneficios que esto representa y que tenemos al alcance de nuestras manos.

También, creemos, será necesario repensar los servicios y escenarios profesionales para dar respuesta a las demandas de un grupo cada vez mayor de ciudadanos de edad, colaborando para mejorar la amigabilidad de sus entornos de vida (ciudades, barrios…) para que puedan desarrollar de su proyectos personales, mantener el control en su vida, participar en su comunidad y, verdaderamente empoderarse.  

La longevidad y el aumento de la esperanza de vida no ha ido pareja al aumento del conocimiento específico de las características y necesidades específicas de este grupo de personas. El término “persona mayor” ha quedado obsoleto. Tradicionalmente se ha utilizado como sinónimo de persona de 65 años y más. Toda persona que sobrepasara esa edad se introducía, automáticamente, en ese cajón de sastre sociodemográfico de las personas mayores. Además, sus características se simplifican y se unifican sin respetar las particularidades de cada individuo. Dicho de otro modo, se tiende a homogeneizar.

Un simple vistazo alrededor nos demuestra lo equivocado de este planteamiento. Actualmente no existe un grupo un homogéneo de “persona mayor”. La enorme diversidad cronológica, social, cultural, ideológica, moral, religiosa, física y sexual es más que patente. Por otro lado, no se presta demasiada atención a que una persona de 65 años tiene, con facilidad, una esperanza de vida de hasta 30 años adicionales. Hagamos una traslación a otros colectivos. Pensemos en un adulto que alcanza la veintena y le sumamos esos 30 años adicionales. ¿Una persona con 20 años es igual que una persona con 30, con 40 o con 50 años? Parece evidente que su contexto de vida, sus características personales (de salud, estatus socioeconómico, emocionales, red social, objetivos personales, etc.) y sus necesidades específicas serán muy diferentes a lo largo de ese período de tiempo. Entonces, ¿por qué no tenemos en cuenta “este detalle” en las personas de 65 y más años? Creemos que es necesario desarrollar el conocimiento específico de las diferencias en las características y necesidades de las personas más longevas y respetar la diversidad, altamente enriquecedora, que existe en ellas.

Relacionado con lo anterior, a nivel social es preciso iniciar una reflexión profunda sobre la discriminación únicamente debida a la edad de la persona, sobre el edadismo. Sus efectos son altamente conocidos tanto a nivel individual como a nivel de sociedad en su conjunto. Podemos considerar que, hoy en día, esta forma de discriminación es de las menos conscientes y, posiblemente, la menos cuestionada socialmente. Los profesionales de la geriatría y de la gerontología deberíamos, junto con las propias personas afectadas, liderar el debate social en relación con los derechos de las personas, aportando nuestra visión y conocimiento sobre el tema con el objetivo de influir en la concienciación social sobre este fenómeno y de favorecer que reciban los apoyos que necesiten para ejercerlos de forma efectiva.

Creemos que una de las tareas que debe afrontar la gerontología es la construcción de una sociedad solidaria, donde se entienda la colaboración mutua y la interdependencia de las personas y de los grupos sociales como algo intrínsecamente humano. Ello nos llevará a crear espacios de sensibilización sobre la condición humana, las situaciones de dependencia y favorecer intercambios de carácter intergeneracional en un sentido amplio, así como a otros que desarrollen aspectos más concretos. En una sociedad cada vez más longeva y envejecida, la sostenibilidad de la misma y los niveles de bienestar y calidad de vida únicamente se podrán optimizar si encontramos fórmulas innovadoras e imaginativas de colaboración entre todas las generaciones que las formamos. No nos podemos permitir trabajar desde franjas de edad estancas en las que ni se establece un diálogo con las demás, ni se conocen ni se reconocen entre ellas. Existe una oportunidad muy interesante de enriquecimiento mutuo que nos facilitará responder a los retos sociales de las próximas décadas si somos capaces de encontrar vías y flujos de interacciones intergeneracional.

En relación a situaciones de soledad no deseada, es conocida su repercusión negativa en el estado físico, psicológico y emocional de la persona que la sufre. Es preciso recuperar los valores de solidaridad, responsabilidad y cuidados compartidos en el planteamiento y búsqueda de soluciones dirigidas a disminuir el número de personas que viven y/o se sienten solas en nuestro entorno o, al menos, para compensar esos efectos negativos. Estamos convencidos de que la respuesta que, como sociedad, damos a las necesidades de las personas más vulnerables marcan nuestra calidad como tal. No podemos permitirnos la construcción de una sociedad con varios niveles de calidad de vida o bienestar entre sus integrantes y mucho menos permanecer impasibles ante las necesidades concretas de nuestros vecinos con peor situación que nosotros.

Todo ello no podemos hacerlo sin una visión interdisciplinar que trate de abarcar la complejidad y todas las dimensiones de la persona, atendiendo también a la diversidad.

Lourdes Bermejo García, Vicepresidenta de Gerontología de la SEGG.

Raúl Vaca Bermejo, Vocal del Área de Ciencias Sociales y del Comportamiento de la SEGG.

 
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