
El pasado 28 de agosto se publicó en la revista Nature una revisión acerca del grado de conocimiento de los factores que limitan la longevidad de la especie humana. Lógicamente este es un tema que despierta un enorme interés tanto en los foros científicos, como en la prensa generalista o en la propia opinión pública. Ejemplo de este interés es el hecho de que la agencia americana del medicamento, la FDA, haya autorizado el uso de algunos medicamentos en animales con el objeto de comprobar el retraso del envejecimiento.
La conclusión que ofrece esta revisión es que a la luz de los conocimientos actuales, el envejecimiento no se puede considerar como un imperativo de la evolución, por lo que nos encontraríamos ante un proceso alterable, modificable. En las últimas décadas, las estadísticas demuestran que la esperanza de vida se ha incrementado unos siete años para los habitantes del mundo desarrollado. Lo que plantea el trabajo de Nature no es tanto si la duración media de la vida humana aumentará modestamente en las próximas décadas, sino si es factible posponer el envejecimiento y la muerte natural por muchas décadas o hacerlo incluso de forma definitiva. Imaginar los umbrales que atravesaríamos produce vértigo: ¿décadas extras de vida?, ¿la inmortalidad? Los autores del trabajo reconocen que no pueden contestar a la pregunta de si el hombre puede llegar a ser inmortal, pero si se muestran optimistas con respecto a la posibilidad de alargar la expectativa de vida.
Bajo el prisma científico, estas cuestiones suponen un verdadero desafío, pero siendo realista a mí personalmente me abruma pensar las consecuencias que pueden originar, pero reconozco que esto puede deberse a que en las últimas semanas sólo escucho hablar de todo tipo de crisis. Se me ocurre un primer tipo de consecuencias. El último informe de Eurostat confirma que los mayores de 65 años constituyen ya el 17.1% de los europeos y que serán el 30% en 2060. También serán más los octogenarios, que pasarán del actual 4.4% al 12.1% en el mismo año. Transformado este dato en otra interesante variable económica, en ese 2060 habrá sólo dos trabajadores activos por cada jubilado, frente a los cuatro actuales, lo que podrá poner en dificultades el sistema de pensiones (si el sistema financiero no ha acabado con ellas para entonces).
Como segunda derivada, se me ocurre imaginar un mundo en el que la muerte decide suspender su trabajo letal y la gente deja de morir. En ese mundo es cierto que las personas ya no mueren, pero eso no significa que el tiempo se haya parado. Tan sólo significa que el destino de los humanos será una vejez eterna.
Pero esto ya lo imaginó magistralmente el gran José Saramago en “Las intermitencias de la muerte”, así que aquí me quedo para que puedan leerle a él.





















